
Cada día observamos en consulta que aumenta el número de personas que sufren una exigencia extrema. Exigencia hacia ellos mismos, exigencia en lo que hacen y además exigencia hacia los demás.
Pero, ¿con qué finalidad?, la creencia que sustenta en la mayoría de las ocasiones esta elevada exigencia es la perfección. Intentar ser perfectos, nuestro físico, actitud, comportamiento, hacer aquello que nos proponemos de manera perfecta y por tanto que los demás también.
Aparentemente puede parecer que buscar la perfección no tiene repercusiones negativas en nuestra vida, pero no es así. Os mostramos un breve listado de alguna de estas consecuencias:
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Ser tan exigentes a nivel personal, provoca que en cada ocasión intentemos dar más y más de nosotros mismos. Es beneficioso intentar mejorar cada día y en lo que hacemos, pero sin que se convierta en una obligación.
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En cada situación, nuestra exigencia aumentará llegando a un punto en el que nos supondrá un nivel de esfuerzo tan alto que no llegaremos, y por ello nos frustraremos y sufriremos.
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Este malestar afectará a nuestro autoestima, teniendo una visión negativa acerca de nuestra capacidad para ser o hacer. Nos sentiremos incapaces e incluso inferiores, por lo que nos exigiremos más aún.
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Aparecerá la creencia de que los demás nos valoran por nuestro nivel de “perfección” y que si no lo mantenemos dejaremos de ser importantes para ellos.
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A nivel físico, nos obligaremos a estar cada día mejor, más guapos, más delgados, más perfectos… Tanta será nuestra exigencia y focalización en ella, que se nos olvidará aquello que es más importante que nuestro físico, nosotros, nuestro interior.
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En lo referente a los demás, al exigirnos ser los mejores también exigiremos a los demás que actúen de una determinada manera que nosotros consideramos que es la correcta o la que más les beneficia. En lugar de ayudarnos, nos perjudicará en nuestras relaciones sociales, en la felicidad que nos aportan y de nuevo en la percepción que tenemos de nosotros mismos.
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Tanta auto-exigencia ejercida cada día, ante cada dificultad u oportunidad, nos irá presionando cada vez más, esa frustración pasará a convertirse en rabia hacia nosotros mismos y en ansiedad. Emociones que si no aprendemos a manejar, nos acompañarán de manera continua.
Trabaja en hacer un cambio cada día, algo nuevo, diferente, en mejorar aquello que falla o no nos hace sentir bien. Si no lo conseguimos, no pasa nada, mañana lo volveremos a intentar. Lo importante es aprender, aceptarnos y saber que la perfección no existe.