
Cada vez con más frecuencia escuchamos, dentro y fuera de la consulta, una serie de falsas creencias y pensamientos erróneos acerca de nuestro bienestar, de cómo esperamos enfrentarnos a las dificultades y la manera en la que creemos que se solucionarán. Retratan de ideas muy frecuentes e incluso podemos decir que coloquiales que pueden aparecer en el discurso de cualquier persona.
Queremos mostraros una lista de estas ideas erróneas para explicaros cómo nos pueden afectar negativamente a interpretar las situaciones en las que nos encontramos, a cómo nos «ayudan» a esperar que se solucione el problema por arte de magia, a cómo nos bloquean, limitan o dañan, y por tanto cómo incrementan y cronifican esas circunstancias.
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El tiempo todo lo soluciona.
Es cierto que la distancia, el tiempo, nos ayuda a ver los problemas desde un punto de vista más objetivo, y por ello nos permite regular emocionalmente lo que sentimos. Pero eso no quiere decir que el tiempo soluciona todo aquello que nos ocurre. Si no tenemos habilidades para solucionarlo, no sabemos regular emocionalmente lo que sentimos (tristeza, enfado, preocupación, ansiedad) y se alargan estas emociones en el tiempo, intensidad o frecuencia… por mucho que pase el tiempo no solucionaremos aquello que nos ocurre, ni disminuirá nuestro malestar.
¡El tiempo ayuda, pero hay que hacer algo con ese tiempo!
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Con la teoría ya basta.
Lo primero es conocer qué nos está ocurriendo y porqué, pero sobre todo adquirir herramientas para poder enfrentarlo y cambiar el momento en el que nos encontramos. No es lo único, por supuesto, una vez hayamos adquirido esas habilidades hay que generalizarlas y llevarlas a la práctica, aprender de cómo actuamos, de cómo nos sentimos cuando lo llevamos a cabo y de las consecuencias de ello.
Por muy claro que tengamos lo que hay que hacer, lo importante es ¡actuar! , únicamente poniendo en práctica aquello que hemos aprendido podremos acercarnos a nuestros objetivos.
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Lo que me ocurre o lo que hago es lo normal.
En ocasiones estamos acostumbrados a minimizar lo que nos sucede o cómo nos comportamos. Realmente restarle importancia no nos ayuda, provoca que nos comportemos de manera pasiva, que no nos movamos ni intentemos cambiar. Es importante que de vez en cuando, hagamos un trabajo personal y analicemos cómo nos encontramos, si aquello que hemos hecho nos perjudica o incluso si daña a otros y qué estamos haciendo para que no continúe.
Observar y tener una actitud abierta nos permitirá generar ese cambio.
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Todos tenemos problemas, no soy el único.
Además de minimizar, compararnos con los demás no nos favorece, nos perjudica y daña. Comparar nuestros problemas con los de los demás, provoca un cambio en nuestra atención, dejando de centrarnos en lo que nos sucede, y por tanto no llevando a cabo ninguna estrategia para ponerle fin.
Minimizar y comparar nuestra situación, tienen como objetivo alargar nuestro malestar, impidiendo enfrentarnos.
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Nadie me entiende o me comprende.
Cuando estamos pasando un mal momento, procuramos que nuestro dolor se desvanezca al narrar nuestro sufrimiento. Para ello pretendemos que los demás respondan de la manera que a nosotros nos gustaría, aunque suponga que no sean sinceros y que su consejo no nos ayude. De no ocurrir así, nos encerramos y creemos erróneamente que los demás no nos comprenden. Esta idea lejos de ayudarnos, nos separa de los demás, llegando a multiplicar aquellos pensamientos dañinos y perjudiciales que nos rondan la cabeza.
¡Apoyémonos de nuestra gente cercana, y si además queremos salir de ese malestar y no sabemos cómo, pidamos ayuda!
Debido a la extensión del tema, continuamos con la segunda parte del post la próxima semana 😉